El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Qué quiere usted, conde —dijo Albert—; creà que me habÃa buscado una buena querella a la que seguirÃa un duelo, y quise hacer comprender a esos bandidos una cosa: que en todos los paÃses del mundo hay duelos, pero que sólo los franceses van a ellos riendo. Por otra parte, como mi obligación para con usted no es por ello menor, vengo a preguntarle si yo, mis amigos o mis conocidos, no podrÃamos hacer algo por usted. Mi padre, el conde de Morcerf, que es de origen español, goza de una alta posición tanto en Francia como en España, y yo vengo a ponerme a la disposición de usted, yo y toda la gente que me quiere.
—Pues bien —dijo el conde—, confieso, señor de Morcerf, que esperaba su ofrecimiento y que lo acepto de buen grado. Ya habÃa yo puesto los ojos en usted para pedirle un gran favor.
—¿Qué favor?
—¡Nunca he estado en ParÃs! No conozco ParÃs…
—¡De verdad! —exclamó Albert—. ¿Y ha podido usted vivir hasta ahora sin ver ParÃs? ¡Es increÃble!