El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Los comensales
En esa casa de la calle del Helder, en la que Albert de Morcerf había dado cita en Roma al conde de Montecristo, todo se preparaba en la mañana del 21 de mayo para hacer honor a la palabra dada por el joven.
Albert de Morcerf vivía en un pabellón situado en una esquina del gran patio y en frente de otro edificio destinado a las dependencias. Dos ventanas del pabellón daban a la calle, las otras daban: tres al patio y las otras dos, a la vuelta, al jardín.
Entre el patio y el jardín se elevaba, construida con el mal gusto de la arquitectura imperial, la vivienda fashionable y extensa del conde y la condesa de Morcerf.
Todo a lo largo de la propiedad que daba a la calle se cerraba con un muro, coronado por jarrones de flores situados a intervalos iguales; una gran verja, cuyas rejas terminaban en puntas de lanza doradas, servía para las entradas de gran aparato; una puerta pequeña, casi pegada a la garita del portero, daba paso a la gente del servicio o a los dueños de la casa si salían o entraban a pie.
