El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Se adivinaba, en la elección del pabellón destinado a la vivienda de Albert, la delicada previsión de una madre que, sin querer separarse de su hijo, había comprendido, sin embargo, que un joven de la edad del vizconde necesita una entera libertad. También se reconocía, por otra parte, debemos decirlo, el inteligente egoísmo del joven, enamorado de esa vida libre y ociosa como es la vida de los hijos de familia, viviendo en ese pabellón dorado, como la jaula dorada de un pájaro.
A través de las dos ventanas que daban a la calle, Albert de Morcerf podía hacer sus exploraciones al exterior. ¡La vista del exterior es tan necesaria para los jóvenes que quieren siempre ver cómo el mundo cruza su horizonte, aunque ese horizonte no sea más que el de la calle! Después, una vez hecha la exploración, si esa exploración le merecía un examen más profundo, Albert de Morcerf, para entregarse a sus pesquisas, podía salir por una puertecilla, parecida a la que hemos indicado como colindante con la de la portería, y que merece una mención especial.