El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—De verdad —respondió este, que, con su costumbre del gran mundo y la nitidez de su mirada aristocrática, había penetrado en Montecristo todo lo que es penetrable en él—, de verdad que Albert no nos ha engañado, es un singular personaje este conde, ¿qué dice usted, Morrel?

—A fe mía —dijo este—, que tiene la mirada franca y la voz agradable, de manera que me gusta, a pesar de esa extraña reflexión que acaba de hacer refiriéndose a mí.

—Señores —dijo Albert—, Germain me anuncia que la mesa está servida. Mi querido conde, permítame mostrarle el camino.

Pasaron silenciosamente al comedor. Se fueron sentando en sus respectivos sitios.

—Señores —dijo el conde tomando asiento—, permítanme una confesión que será mi excusa para todas las inconveniencias que pueda cometer: soy extranjero, pero extranjero hasta el punto de que es la primera vez que vengo a París. La vida francesa me es, pues, perfectamente desconocida, pues, hasta ahora, apenas si he practicado otra cosa que la vida oriental, la más antipática para las buenas tradiciones parisinas. Les ruego, pues, que me excusen si ven en mí algo demasiado turco, demasiado napolitano, o demasiado árabe. Dicho esto, señores, almorcemos.


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