El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El emperador, rey de la isla de Elba después de haber sido soberano de una parte del mundo, reinando sobre una población de cinco o seis mil almas después de haber oído gritar «¡Viva Napoleón!» a ciento veinte millones de súbditos en diez lenguas diferentes, el emperador, decimos, era tratado como hombre perdido por siempre jamás para Francia y para el trono. Los magistrados destacaban las equivocaciones políticas; los militares hablaban de Moscú y de Leipzig; las mujeres, de su divorcio de Josefina. A todo este mundo monárquico, tan alegre y triunfante, no por la caída del hombre, sino por el aniquilamiento del principio, le parecía que la vida volvía de nuevo para ellos y que salían de un penoso sueño.
Un anciano, decorado con la cruz de Saint-Louis, se levantó y propuso a sus comensales un brindis a la salud del rey Luis XVIII: era el marqués de Saint-Méran.
Ante este brindis, que recordaba a la vez a Luis XVIII como exilado de Hartwell y rey pacificador de Francia, el ruido fue grande, los vasos se levantaron al estilo inglés y las damas desataron sus ramilletes y alfombraron con sus flores el mantel. Resultó todo de un entusiasmo casi poético.