El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Oh! Dios mÃo, sà —dijo Montecristo—, no es ningún secreto: es una mezcla de excelente opio, que yo mismo fui a buscar a Cantón para estar seguro de que fuera puro, y del mejor hachÃs que se recoge en Oriente, es decir, entre el Tigres y el Éufrates; se juntan ambos ingredientes en porciones iguales, y se hace una especie de pÃldoras que se tragan cuando se necesitan. Diez minutos después se produce el efecto. Pregunte al señor barón Franz d’Épinay; creo que lo probó un dÃa.
—Sà —respondió Morcerf—, algo me dijo, e incluso creo que guarda un agradable de recuerdo de aquello.
—¿Pero —dijo Beauchamp, quien en su calidad de periodista era bastante incrédulo— lleva usted siempre consigo esa droga?
—Siempre —respondió Montecristo.
—¿SerÃa indiscreto pedirle que veamos esas preciosas pÃldoras? —continuó Beauchamp, esperando pillar al desconocido en un fallo.
—No, señor —respondió el conde.
Y sacó del bolsillo una maravillosa bombonera hecha de una sola esmeralda y cerrada con un cierre de oro que al abrirse dejaba ver una bolita de color verde y del grosor de un guisante. La bola tenÃa un olor agrio y penetrante; habÃa cuatro o cinco iguales en la esmeralda, y podrÃa contener hasta una docena.