El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Bueno —dijo Beauchamp a Albert—, no iré a la Cámara, pero tengo que ofrecer a mis lectores algo mejor que un discurso del señor Danglars.
—Por favor, Beauchamp —dijo Morcerf—, ni una palabra, se lo suplico; no me quite el mérito de presentarle y explicarle. ¿No es cierto que es un hombre curioso?
—Es más que eso —respondió Château-Renaud—, es verdaderamente uno de los hombres más extraordinarios que yo haya visto en mi vida. ¿Viene usted, Morrel?
—En cuanto entregue mi tarjeta al señor conde, que tiene a bien prometerme que vendrá a hacernos una pequeña visita, calle Meslay, 14.
—Esté seguro de que no faltaré, señor —dijo el conde con una inclinación.
Y Maximilien Morrel salió con el barón de Château-Renaud, dejando a Montecristo solo con Morcerf.