El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Montecristo era un digno apreciador de todas las cosas que Albert había amontonado en esa sala: viejos arcones, porcelanas del Japón, telas de Oriente, abalorios de Venecia, armas de todos los países del mundo, todo eso le era familiar, y del primer golpe de vista reconocía el siglo, el país y el origen. Morcerf se creyó que era él quien iba a explicar y sin embargo, bajo la dirección del conde, fue él quien recibió una clase de arqueología, de mineralogía y de historia natural. Bajaron al primer piso, Albert llevó a su huésped al salón. Ese salón estaba tapizado con obras de pintores modernos; había paisajes de Dupré, de largos carrizos, de alargados árboles, con vacas mugientes y cielos maravillosos; había caballeros árabes de Delacroix, con largos albornoces blancos, con cinturones brillantes, armas damasquinadas, cuyos caballos se mordían con rabia, mientras que los hombres se desgarraban con mazas de hierro; acuarelas de Boulanger, representando toda Notre-Dame de París con ese vigor que transforma al pintor en émulo del poeta; había telas de Díaz, que pinta las flores más bellas que las mismas flores, y el sol más brillante que el mismo sol; dibujos de Decamps, tan coloreados como los de Salvator Rosa, pero más poéticos; pasteles de Giraud y de Müller, que representaban niños con cabeza de ángel; mujeres con rasgos de virgen; croquis arrancados del álbum de viaje de Oriente de Dauzats, que habían sido esbozados en algunos segundos sobre la silla de un camello o bajo la cúpula de una mezquita; en fin, todo lo que el arte moderno puede dar a cambio y en compensación por el arte perdido y desaparecido con los siglos precedentes.


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