El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La casa de Auteuil
Montecristo había observado que al bajar la escalinata Bertuccio se había santiguado a la manera de los corsos, es decir, cortando el aire en cruz con el pulgar, y que al sentarse en el coche había mascullado por lo bajo una corta plegaria. Cualquier otro hombre curioso hubiera sentido piedad por la singular repugnancia manifestada por el digno intendente para llevar a cabo ese paseo extramuros, concebido por el conde; pero, por lo que parece, este era demasiado curioso como para dispensar a Bertuccio del viajecito.
En veinte minutos se plantaron en Auteuil. La emoción del intendente era cada vez mayor. Al entrar en el pueblo, Bertuccio, acurrucado en un rincón del coche, comenzó a examinar con una febril emoción cada una de las casas que iban desfilando a su paso.
—Ordenará detenerse en la calle de la Fontaine, número 28 —dijo el conde, fijando sin piedad su mirada en el intendente, al que daba la orden.
El sudor corría por el rostro de Bertuccio; sin embargo, obedeció y, asomándose fuera del coche, gritó al cochero:
—¡Calle de la Fontaine, número 28!
