El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Ese número 28 estaba situado al final del pueblo. Durante el viaje, habÃa caÃdo la noche, o más bien, una nube negra cargada de electricidad daba a esas tinieblas prematuras la apariencia y la solemnidad de un episodio dramático.
El coche se detuvo y el lacayo bajó inmediatamente para abrir la portezuela.
—Y bien —dijo el conde—, ¿es que usted no baja, señor Bertuccio? ¿Es que se va a quedar en el coche? ¿Pero en qué diablos piensa usted esta tarde?
Bertuccio bajó también para colocarse delante de la portezuela y ofrecer su hombro al conde que, esta vez, se apoyó sobre él bajando uno a uno los peldaños del estribo.
—Llame —dijo el conde—, y anúncieme.
Bertuccio llamó, la puerta se abrió y apareció el portero.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Es su nuevo amo, buen hombre —dijo el lacayo.
Y mostró al portero la nota que le habÃa dado el notario.
—¿Entonces la casa se ha vendido? —preguntó el portero—. ¿Y es el señor quien viene a vivir aqu�
—SÃ, amigo mÃo —dijo el conde—, y trataré de que no eche de menos a su antiguo amo.