El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Estoy con un acceso de fiebre, Sire —respondió el superintendente—; pero a la orden de Vuestra Majestad.
—Bien: mañana se reúnen los estados; ¿tenéis preparado algún discurso?
—No, Sire; pero improvisaré uno. Conozco bastante los asuntos que van a tratarse para no quedarme cortado. Sólo querrÃa hacer una pregunta: ¿me da Vuestra Majestad licencia para que se la dirija?
—Hacedla.
—¿Por qué, siendo vuestro primer ministro, Sire, no os dignasteis advertirme en ParÃs?
—Porque estabais enfermo y no querÃa causaros fatiga alguna.
—Nunca me fatigan el trabajo y las explicaciones, Sire, y pues ha llegado para mà el momento de pedir una explicación a mi soberano…
—¿Sobre qué?
—Sobre las intenciones de Vuestra Majestad respecto de mÃ. Luis XIV se sonrojó.
—Sire —prosiguió Fouquet con viveza—, he sido calumniado y debo provocar una información.
—Habláis inútilmente —replicó el monarca—: yo sé lo que sé.
—Vuestra majestad no puede saber más que lo que le han dicho, y yo no os he dicho nada, Sire, mientras los demás han hablado qué sé yo cuántas veces.