El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Biscarrat intentó aún detener a sus amigos; pero todo fue inútil. Sus amigos entraron en la caverna tras el oficial que había sido el último en hablar; pero fue el primero en lanzarse, espada en mano, al subterráneo para arrostrar el peligro desconocido. Biscarrat, repelido por sus amigos, y no pudiendo acompañarles, so pena de pasar a los ojos de Porthos y Aramis por traidor y perjuro, fue a apoyarse, con el oído atento y las manos todavía extendidas en ademán de súplica, en uno de los ásperos lados de una roca que a él le pareció expuesta al fuego de los mosqueteros. En cuanto a los guardias, iban internándose por momentos y dando voces que se debilitaban a proporción de la distancia. De repente rugió como un trueno, bajo las bóvedas, una descarga de mosquetería, dos o tres balas vinieron a aplastarse contra la roca en que Biscarrat se apoyaba, y acompañados de suspiros, aullidos e imprecaciones, reaparecieron los guardias, pálidos unos, otros ensangrentados, y todos envueltos en una nube de humo que el aire exterior parecía aspirar del fondo de la caverna.

—¡Biscarrat! ¡Biscarrat! —gritaron los fugitivos—. ¡Tú sabías que en esta caverna había una emboscada y no nos has prevenido! ¡Tú eres causa de que hayan perecido cuatro de los nuestros! ¡Ay de ti, Biscarrat!

—A lo menos dinos quién está ahí dentro —exclamaron muchos furiosos.


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