El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Aquel espantoso choque pareció devolver a Porthos las perdidas fuerzas; gigante entre aquellos gigantes, se levantó; pero en el instante en que huÃa por en medio de las dos filas de granÃticos fantasmas, estos últimos ya no sostenidos por los correspondientes eslabones, empezaron a rodar con estrépito en torno de aquel titán al parecer precipitado desde el cielo en medio de las rocas que acababa de lanzar contra él. Porthos sintió temblar bajo sus pies el suelo conmovido por aquella espantosa sacudida, y tendió a derecha y a izquierda sus titánicas manos para repeler las peñas que se le iban encima. Sin embargo, tan enorme fue una de ellas, que le hizo doblar los brazos y agachar la cabeza, mientras otra granÃtica mole le caÃa entre los hombros. Por un instante los brazos de Porthos cedieron, pero el hércules reunió todas sus fuerzas y separó lentamente las paredes de aquella prisión en que estaba sepultado. Porthos apareció en aquel marco de granito como el ángel del caos; pero al separar las peñas laterales, quitó su punto de apoyo al monolito que pesaba sobre sus hombros, y el monolito hizo caer de rodillas al gigante. Las rocas laterales, separadas por un instante, volvieron a juntarse y añadieron su peso al peso primitivo, bastante para aplastar a diez hombres. El gigante cayó sin pedir socorro; cayó respondiendo a Aramis con palabras de aliento y de esperanza, porque por breve espacio y gracias al robusto puntal de sus manos, pudo creer que, como Encelado, sacudirÃa aquel triple, peso. Sin embargo, Aramis vio cómo poco a poco la mole bajaba; las crispadas manos y los por un postres esfuerzo envarados brazos, cedieron como cedieron los desgarrados hombros, y la peña continuó bajando, bajando…