El Tulipan Negro
El Tulipan Negro HabÃa otros, en verdad, que acudÃan con intenciones menos hostiles. Para ellos se trataba solamente de ese espectáculo, siempre atrayente para la multitud, con el que se halaga el instintivo orgullo de ver arrastrándose por el polvo al que ha estado mucho tiempo de pie.
Ese Corneille de Witt, ese hombre sin miedo, se decÃan, ¿no estaba encerrado, debilitado por la tortura? ¿No iban a verlo, pálido, sangrante, avergonzado? ¿No era un hermoso triunfo para esta burguesÃa, más envidiosa todavÃa que el pueblo, y del que todo buen ciudadano de La Haya debÃa tomar parte?
Y, además, se decÃan los agitadores orangistas hábilmente mezclados en aquel gentÃo al que esperaban manejar como un instrumento decisivo y contundente a la vez, ¿no se encontrará, desde la Buytenhoff a la puerta de la ciudad, una ocasión para lanzar un poco de barro, incluso algunas piedras, a ese Ruart de Pulten, que no solamente no ha dado el estatuderato al prÃncipe de Orange más que vi coactus, sino que todavÃa ha querido hacerlo asesinar?