El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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-¡Oh! ¡Miserable de mí! ¡Ah, tres veces perdido Boxtel! ¿Es que alguien se separa de sus bulbos, es que alguien los abandona en Dordrecht cuando se parte para La Haya, es que alguien puede vivir sin esos bulbos, cuando esos bulbos son los del gran tulipán negro? ¡Habrá tenido tiempo de cogerlos, el muy infame! ¡Los tiene encima, se los ha llevado a La Haya!

Fue como un relámpago que mostrara a Boxtel el abismo de un crimen inútil.

Cayó fulminado sobre aquella misma mesa, en aquel mismo lugar donde, unas horas antes, el infortunado Baerle había admirado tan largo rato y tan deliciosamente los bulbos del tulipán negro.

«¡Pues bien! Después de todo -se dijo el envidioso, levantando su lívida cabeza-, si él los tiene, sólo puede guardarlos mientras esté vivo, y… »

El resto de su horrible pensamiento se absorbió en una espantosa sonrisa.

«Los bulbos están en La Haya -pensó-. No es, pues, en Dordrecht donde he de vivir.»

«¡A La Haya a por los bulbos! ¡A La Haya!»

Y Boxtel, sin prestar atención a las inmensas riquezas que abandonaba, preocupado por aquella otra inestimable riqueza, salió por la celosía, se dejó deslizar a lo largo de la escalera, llevó el instrumento de robo adonde lo había cogido, y, parecido a un animal de presa, entró rugiendo en su casa.


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