El Tulipan Negro

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Capítulo 12 La ejecución

Cornelius no tenía que dar más de trescientos pasos fuera de la prisión para llegar al pie del patíbulo.

Al final de la escalera, el perro lo miró pasar tranquilamente; Cornelius creyó incluso observar en los ojos del moloso una cierta expresión de dulzura que lindaba con la compasión.

Tal vez el perro conociera a los condenados y no mordiera más que a los que salían libres.

Se comprende que cuanto más corto fuera el trayecto de la puerta de la prisión al pie del patíbulo, más lleno estuviera de curiosos.

Eran aquellos mismos que, mal apagada la sed de sangre de la que habían bebido ya tres días antes, esperaban una nueva víctima.

Así, apenas apareció Cornelius, un aullido inmenso se prolongó por la calle, se extendió por toda la superficie de la plaza, y se alejó en diferentes direcciones, por las calles que conducían al patíbulo, y que la muchedumbre llenaba.

De este modo, el patíbulo parecía una isla que estuviera batida por el oleaje de cuatro o cinco tumultuosos ríos.

En medio de aquellas amenazas, de esos aullidos y de estas vociferaciones, para no oírlas, sin duda, Cornelius se había absorbido en sí mismo.

¿En qué pensaba ese justo que iba a morir?


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