El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Cornelius no tenÃa que dar más de trescientos pasos fuera de la prisión para llegar al pie del patÃbulo.
Al final de la escalera, el perro lo miró pasar tranquilamente; Cornelius creyó incluso observar en los ojos del moloso una cierta expresión de dulzura que lindaba con la compasión.
Tal vez el perro conociera a los condenados y no mordiera más que a los que salÃan libres.
Se comprende que cuanto más corto fuera el trayecto de la puerta de la prisión al pie del patÃbulo, más lleno estuviera de curiosos.
Eran aquellos mismos que, mal apagada la sed de sangre de la que habÃan bebido ya tres dÃas antes, esperaban una nueva vÃctima.
AsÃ, apenas apareció Cornelius, un aullido inmenso se prolongó por la calle, se extendió por toda la superficie de la plaza, y se alejó en diferentes direcciones, por las calles que conducÃan al patÃbulo, y que la muchedumbre llenaba.
De este modo, el patÃbulo parecÃa una isla que estuviera batida por el oleaje de cuatro o cinco tumultuosos rÃos.
En medio de aquellas amenazas, de esos aullidos y de estas vociferaciones, para no oÃrlas, sin duda, Cornelius se habÃa absorbido en sà mismo.
¿En qué pensaba ese justo que iba a morir?
