El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Mientras Cornelius reflexionaba sobre su suerte, una carroza se había aproximado al patíbulo.
Aquella carroza era para el prisionero. Se le invitó a subir a ella; obedeció.
Su última mirada fue para la Buytenhoff. Esperaba ver en la ventana el rostro consolado de Rosa, pero la carroza estaba enganchada a buenos caballos que se llevaron enseguida a Van Baerle del seno de las aclamaciones que vociferaba aquella multitud en honor del muy magnánimo estatúder, con una cierta mezcla de invectivas dirigidas a los De Witt y a su ahijado salvado de la muerte.
Lo cual hacía decir a los espectadores:
-Ha sido una suerte que nos hayamos apresurado a hacer justicia con aquel gran criminal de Jean y el muy bribón de Corneille, pues de no haber obrado así, la clemencia de Su Alteza nos los hubiera quitado como acaba de quitarnos a ése.
