El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Por otra parte, el interés de nuestra historia no reside en un cierto número de descripciones de interiores. Para Van Baerle, la vida era otra cosa que un aparato respiratorio, el pobre prisionero amaba más allá de su máquina neumática dos cosas de las que sólo el pensamiento, este libre viajero, podÃa en lo sucesivo conseguirle la posesión artificial:
Una flor y una mujer, la una y la otra perdidas para siempre para él.
¡Por fortuna, el bueno de Van Baerle se equivocaba! Dios, que en el momento en que caminaba hacia el patÃbulo, le habÃa mirado con la sonrisa de un padre, le reservaba en el seno mismo de su prisión, en la celda de Grotius, la existencia más venturosa que jamás tulipanero alguno hubiera podido vivir.
Una mañana, desde su ventana, mientras aspiraba el aire fresco que subÃa del Waal y admiraba en la lejanÃa, tras un bosque de chimeneas, los molinos de Dordrecht, su patria, vio una bandada de palomos que venÃan desde ese punto del horizonte a posarse, agitándose al sol, sobre los remates agudos de Loevestein.
«Estos palomos -se dijo Van Baerle- vienen de Dordrecht, y por consiguiente deben de regresar allÃ.» Alguien que fijara un mensaje en el ala de uno de esos palomos tendrÃa la oportunidad de comunicar sus noticias a Dordrecht, donde alguien debÃa llorarlo.»