El Tulipan Negro

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Capítulo 17 El primer bulbo

Al día siguiente, como hemos dicho, Rosa vino con la Biblia de Corneille de Witt.

Entonces comenzó entre el maestro y la alumna una de aquellas encantadoras escenas que son la alegría del novelista cuando tiene la dicha de hallarlas bajo la pluma.

El postigo, única abertura que servía de comunicación a los dos amantes, era demasiado elevado para que, los que hasta entonces se habían contentado con leerse mutuamente en el rostro todo lo que tenían que decirse, pudieran leer cómodamente en el libro que Rosa había traído.

En consecuencia, la joven tuvo que apoyarse en el postigo, con la cabeza ladeada, el libro a la altura de la luz que sostenía con la mano derecha y que, para descansarla un poco, Cornelius ideó fijarla con un pañuelo a la reja de hierro. Desde entonces, Rosa pudo seguir con sus dedos sobre el libro las letras y las silabas que le hacía deletrear Cornelius, el cual, provisto de una paja, a guisa de puntero, señalaba esas letras por el agujero del postigo a su atenta alumna.


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