El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Pero la pobre Rosa, encerrada en su habitación, no podía saber en qué o con quién soñaba Cornelius. Por consiguiente, después de lo que él le había dicho, Rosa se sentía más inclinada a creer que pensaba más en su tulipán que en ella, y, sin embargo, se engañaba.
Pero como nadie estaba allí para decirle que se engañaba, y las palabras imprudentes de Cornelius habían caído sobre su alma como gotas de veneno, Rosa no soñaba, lloraba.
En efecto, como Rosa era una criatura de espíritu elevado, de sentir recto y profundo, se hacía justicia a sí misma, no en cuanto a sus cualidades morales y físicas, sino en cuanto a su posición social.
Cornelius era sabio, Cornelius era rico, o por lo menos lo había sido antes de la confiscación de sus bienes; Cornelius pertenecía a aquella burguesía del comercio, más orgullosa de sus rótulos pintados en las tiendas, convertidos en blasón, de lo que había estado jamás la nobleza de raza de sus escudos hereditarios. Cornelius podía, pues, considerar a Rosa buena para una distracción, pero seguramente cuando se tratara de empeñar el corazón, sería más bien a un tulipán, es decir, a la más noble y más orgullosa de las flores a quien se lo empeñaría, que a Rosa, la humilde hija de un carcelero.
