El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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«¡Ah! -murmuraba para sí releyendo este testamento que nunca terminaba sin que una lágrima, perla de amor, rodara de sus ojos límpidos por sus pálidas mejillas-. ¡Ah! En ese tiempo creí, sin embargo, por un instante que él me amaba.»

¡Pobre Rosa! Se equivocaba. Jamás el amor del prisionero había sido real hasta el momento, ya que, como hemos dicho con vergüenza, en la lucha entre el gran tulipán negro y Rosa, era el gran tulipán negro el que había sucumbido.

Pero Rosa, repitámoslo, ignoraba la derrota del gran tulipán negro.

Así pues, terminada su lectura, operación en la cual Rosa había realizado grandes progresos, cogía la pluma y se dedicaba con encarnizamiento no menos loable a la obra bastante más difícil de la escritura.

Pero en fin, como Rosa escribía ya casi legiblemente el día en que Cornelius había dejado hablar a su corazón tan imprudentemente, no desesperó de realizar unos progresos bastante rápidos para dar noticias de su tulipán al prisionero en ocho días lo más tarde. No había olvidado ni una palabra de las recomendaciones que le había hecho Cornelius. Por otra parte, Rosa no olvidaba nunca una palabra de lo que decía el joven, incluso cuando lo que le decía no tomaba la apariencia de una recomendación.


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