El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Al día siguiente, en efecto a la hora habitual, Van Baerle oyó rascar en su postigo como tenía Rosa por costumbre hacer durante los felices días de su amistad.
Imaginamos que Cornelius no se hallaba lejos de esta puerta a través de cuyo enrejado iba a volver a ver, por fin, el encantador rostro desaparecido desde hacía tantos días.
Rosa, que esperaba con su lámpara en la mano, no pudo retener un estremecimiento cuando vio al prisionero tan triste y pálido.
-¿Sufrís, señor Cornelius? -preguntó.
-Sí, señorita -respondió Cornelius-, sufro de espíritu y de cuerpo.
-Ya he visto, señor, que no coméis -dijo Rosa-. Mi padre me ha dicho que no os levantáis; por eso os he escrito, para tranquilizaros sobre la suerte del precioso objeto de vuestras inquietudes.
-Y yo -replicó Cornelius- os he contestado. Creía, al veros venir, querida Rosa, que habíais recibido mi carta.
-Es verdad, la he recibido.
-No daréis por excusa esta vez que no sabéis leer. No sólo leéis correctamente, sino que también habéis aprovechado enormemente las lecciones de escritura.
