El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -A la mañana siguiente de aquel desgraciado día -continuó Rosa- bajé al jardín, y avancé hacia la platabanda donde debía plantar el tulipán, siempre mirando detrás de mí si, esta vez como la otra, era seguida.
-¿Y bien? -preguntó Cornelius.
-¡Pues bien! La misma sombra se deslizó entre la puerta y la muralla, y desapareció también detrás de los saúcos.
-Simulasteis no verla, ¿verdad? -inquirió Cornelius, recordando con todo detalle el consejo que le había dado a Rosa.
-Sí, y me incliné sobre la platabanda que excavé con una azada como si plantara el bulbo.
-¿Y él… él… durante ese tiempo?
-Yo veía brillar sus ojos ardientes como los de un tigre a través de las ramas de los árboles.
-¿Veis? ¿Veis? -exclamó Cornelius.
-Luego, acabado ese remedo de operación, me retiré.
-Pero detrás de la puerta del jardín solamente, ¿verdad? De forma que a través de las grietas o de la cerradura de esa puerta pudierais ver lo que hacia él una vez vos hubieseis partido.