El Tulipan Negro
El Tulipan Negro La noche transcurrió muy lenta y al mismo tiempo muy agitada para Cornelius. A cada instante le parecía que la dulce voz de Rosa lo llamaba: se despertaba sobresaltado, iba a la puerta, acercaba su rostro al postigo; no había nada en el postigo, el corredor estaba vacío.
Sin duda, Rosa velaba por su parte, pero más afortunada que él, velaba al tulipán. Tenía allí, bajo sus ojos, a la noble flor, esta maravilla de las maravillas, no solamente todavía desconocida, sino creída imposible.
¿Qué diría el mundo cuando supiera que se había logrado el tulipán negro, que existía, y que era Cornelius van Baerle, el prisionero, quien lo había logrado?
¡Cómo Cornelius hubiera arrojado lejos de sí al hombre que hubiese venido a proponerle la libertad a cambio de su tulipán!
El día llegó sin noticias. El tulipán no había florecido todavía.
La jornada transcurrió como la noche.
La noche vino y con la noche una Rosa alegre, ligera como un pájaro.
-¿Y bien? -preguntó Cornelius.
-¡Pues bien! Todo va de maravilla. ¡Esta noche sin falta florecerá vuestro tulipán!
-¿Y florecerá negro?
