El Tulipan Negro
El Tulipan Negro En efecto, los pobres jóvenes tenían gran necesidad de ser amparados por la protección directa del Señor.
Jamás habían estado tan cerca de la desesperación como en este mismo instante en que creían tener asegurada su felicidad.
No dudaremos en absoluto en la inteligencia de nuestro lector hasta el punto de suponer que no haya reconocido en Jacob, nuestro antiguo amigo, o más bien nuestro antiguo enemigo, a Isaac Boxtel el tulipanero.
El lector ha adivinado, pues, que Boxtel había seguido de la Buytenhoff a Loevestein al objeto de su amor y al objeto de su odio:
El tulipán negro y Cornelius van Baerle.
Lo que cualquier otro tulipanero y más un tulipanero envidioso no hubiera podido jamás descubrir, es decir, la existencia de los bulbos y las ambiciones del prisionero, la envidia había hecho, sino descubrir, por lo menos adivinar a Boxtel.
Lo hemos visto más afortunado bajo el nombre de Jacob que bajo el nombre de Isaac, entablar amistad con Gryphus, al que gratificó el reconocimiento y la hospitalidad durante unos meses, con la mejor ginebra que se hubiera fabricado jamás desde Texel a Amberes.
