El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Cornelius se había quedado en el sitio donde lo había dejado Rosa, buscando casi inútilmente en él la fuerza para soportar la doble carga de su felicidad.
Transcurrió media hora.
Los primeros rayos de sol entraban ya, azulinos y frescos, a través de los barrotes de la ventana, en la celda de Cornelius, cuando éste se sobresaltó de repente ante unos pasos que subían por la escalera y por unos gritos que se acercaban a él.
Casi en el mismo instante, su rostro se halló frente al pálido y descompuesto rostro de Rosa.
Retrocedió, palideciendo él mismo de estupor y espanto.
-¡Cornelius! ¡Cornelius! -exclamó aquélla jadeante.
-¿Qué ocurre, Dios mío? -preguntó el prisionero.
-Cornelius! El tulipán…
-¿Y bien?
-¿Cómo deciros esto?
-Hablad, hablad, Rosa.
-¡Nos lo han cogido, nos lo han robado!
-¡Nos lo han cogido, nos lo han robado! -repitió Cornelius.
