El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -¡Su Alteza! -exclamó retrocediendo.
-¡Su Alteza! -repitió Rosa completamente aturdida.
Ante esta exclamación salida de su derecha, Boxtel se volvió y percibió a Rosa.
A su vista, todo el cuerpo del envidioso se estremeció como al contacto de una pila de Volta.
«¡Ah! -murmuró el príncipe hablando consigo mismo-. Está turbado.»
Pero Boxtel, con un poderoso esfuerzo de su dominio, ya se había recobrado.
-Señor Boxtel -dijo Guillermo-, parece que habéis hallado el secreto del tulipán negro.
-Sí, monseñor -respondió Boxtel con voz donde se descubría alguna turbación.
Es verdad que esa turbación podía provenir de la emoción que el tulipanero había experimentado al reconocer a Guillermo.
-Pero -continuó el príncipe- aquí hay una joven que también pretende haberlo hallado.
Boxtel sonrió desdeñosamente y se encogió de hombros.
Guillermo seguía todos sus movimientos con una notable intensa curiosidad.
-Así pues, ¿reconocéis a esta joven? -preguntó el príncipe.
-No, monseñor.