El Tulipan Negro

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Capítulo 28 La canción de las flores

Mientras ocurrían los acontecimientos que acabamos de referir, el desgraciado Van Baerle, olvidado en la celda de la fortaleza de Loevestein, sufría por parte de Gryphus todo cuanto un prisionero puede sufrir cuando su carcelero ha tomado el decidido partido de transformarse en verdugo.

Gryphus, al no recibir noticias de Rosa, ni de Jacob, se persuadió de que todo lo que le sucedía era obra del demonio, y de que el doctor Cornelius van Baerle era el enviado de ese demonio sobre la tierra.

Resultó de ello que una hermosa mañana -era el tercer día después de la desaparición de Jacob y de Rosa -subió a la celda de Cornelius más furioso aún que de costumbre.

Éste, acodado en la ventana, la cabeza recogida entre sus manos, la mirada perdida en el horizonte brumoso donde los molinos de Dordrecht batían sus aspas, aspiraba el aire para rechazar sus lágrimas e impedir que su filosofía se evaporara.

Los palomos seguían allí, pero la esperanza ya no estaba porque le faltaba el porvenir.

¡Ay! Rosa, vigilada, ya no podría venir. ¿Podría ni tan siquiera escribir, y si escribía, podría hacerle llegar sus cartas?


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