Georges
Georges Eran las cinco de la tarde, casi en el ocaso de uno de esos magníficos días de verano desconocidos en nuestra Europa. La mitad de los habitantes de la Isla de Francia estaban situados en las montañas que dominan Grand-Port como en un anfiteatro, mirando expectantes el combate que se libraba a sus pies, como antaño los romanos, desde lo alto del circo, se asomaban para ver una pelea de gladiadores o una lucha de mártires. La diferencia era que, en este caso, la arena era un vasto puerto totalmente rodeado de escollos, donde los luchadores se habían acoderado para no retroceder al menos, y poder así, libres del estorbo de la maniobra, despedazarse a su guisa; la diferencia era que, para poner fin a esta terrible naumaquia, no había vestales que levantasen el pulgar. Se trataba, como bien se verá, de una batalla de aniquilamiento, de un combate a muerte. Por ello los diez mil espectadores que lo presenciaban guardaban un silencio angustioso; por ello el mar, que tanto ruge por estos parajes, callaba también para que no se perdiera ni un solo bramido de aquellas trescientas bocas de fuego.
He aquí cuanto aconteció.
