Georges
Georges Durante el anochecer del dÃa siguiente, que era sábado, como ya hemos dicho, un grupo de negros, menos alegres que los que acabamos de dejar, se hallaban reunidos en un vasto cobertizo, sentados alrededor de un gran fuego de leña, haciendo tranquilamente la berloque, como se dice en las colonias. Es decir que cada cual hacÃa lo que querÃa según sus necesidades, su temperamento o su carácter: uno realizaba algún trabajo manual que se venderÃa al dÃa siguiente, otro ponÃa a hervir arroz, mandioca o bananas, aquél fumaba en una pipa de madera tabaco, no sólo indÃgena sino además cosechado en su jardÃn, y los de más allá charlaban en voz baja. En medio de todos esos grupos, las mujeres y los niños, encargados de alimentar el fuego, iban y venÃan sin cesar. A pesar de tanta actividad y tanto ajetreo, y aunque era vigilia de dÃa de descanso, se sentÃa pesar sobre aquellos desdichados, algo triste e inquieto. Era la opresión del administrador, también mulato. Este cobertizo estaba situado en la parte inferior de la llanura Williams, al pie de la montaña de las Trois-Mamelles, a cuyo alrededor se extendÃa la propiedad de nuestro viejo conocido, el señor de Malmédie.
