Georges
Georges Eran casi las diez. La noche, sin luna, era hermosa y estrellada como suelen serlo las noches tropicales en las postrimerías del verano. En el cielo se vislumbraban algunas de las constelaciones que nos son tan familiares desde nuestra infancia con el nombre de Osa Menor, Orión y las Pléyades, pero en una posición tan diferente de aquella en la que estamos habituados a verlas que un europeo no las habría reconocido fácilmente. En cambio, en medio de ellas, brillaba la Cruz del Sur, invisible en nuestro hemisferio boreal. El silencio de la noche sólo se veía turbado por el ruido que hacían, al roer la corteza de los árboles, los numerosos tenrecs que pueblan la zona del río Negro, por el canto de los jilgueros azules y los fondi jala, esas especies de currucas y ruiseñores de Madagascar, y por el sonido casi imperceptible de la hierba ya seca que se doblaba bajo los pies de los dos hermanos.
