Georges

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IX LA ROSA DEL RÍO NEGRO

Después de pagar a Miko-Miko el abanico chino cuyo precio, para gran asombro suyo, le había dicho Georges, la muchacha a la que vimos durante un instante en el umbral de la puerta había entrado en casa seguida por su aya, mientras su negro ayudaba al vendedor a cargar con su mercancía. Feliz con la adquisición del día, cuyo destino era ser olvidada al día siguiente, se había dirigido, con ese paso grácil y despreocupado que tanto encanto da a las mujeres criollas, a tumbarse sobre un vasto sofá, cuyo destino era, muy evidentemente, servir de cama tanto como de asiento. Dicho mueble estaba situado al fondo de un encantador saloncito abigarrado de porcelanas de China y jarrones de Japón; la tapicería que cubría las paredes estaba confeccionada con esa hermosa indiana que los habitantes de la Isla de Francia obtienen de la costa de Coromandel y que llaman patna. Como es de rigor en los países cálidos, las sillas y los sillones eran de caña; dos ventanas que se abrían frente por frente, la una dando a un patio plantado de árboles y la otra sobre una gran leñera, dejaban pasar, a través de las esteras de bambú que hacían las veces de persianas, la brisa del mar y el perfume de las flores.


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