Georges
Georges En aquella época, la isla no estaba todavía, como hoy, cortada por caminos que permiten llegar en coche a las diferentes zonas de la colonia, y los únicos medios de transporte eran los caballos o el palanquín. Cada vez que Sara se desplazaba al campo con Henri y el señor de Malmédie, elegía sin dudar un momento ir a caballo, pues la equitación era uno de los ejercicios más familiares a la muchacha. Pero cuando viajaba con la única compañía de mami Henriette, tenía que renunciar a ese medio de locomoción, al cual la grave inglesa prefería con mucho el palanquín. Era, pues, en sendos palanquines portados por cuatro negros seguidos de un relevo de otros cuatro como Sara y su aya viajaban la una junto a la otra, lo suficientemente cerca como para poder charlar a través de las cortinas descorridas, mientras los porteadores, seguros de la propina, cantaban a voz en grito, revelando así a cuantos se cruzasen con ellos la generosidad de su joven ama.
Por lo demás, mami Henriette y Sara formaban el contraste físico y moral más acentuado que fuera posible imaginar. El lector ya conoce a Sara, la caprichosa jovencita de cabellos y ojos negros, manos y pies de niña, cuerpo grácil y ondulante como el de una sílfide; que nos permita ahora decirle algunas palabras sobre mami Henriette.
