Georges
Georges Georges regresó a su casa mucho más sereno y mucho más tranquilo de lo que pudiera creerse. Era uno de esos hombres a quienes la inactividad mata y a quienes el combate engrandece: se limitó a preparar sus armas, en caso de un ataque imprevisto, reservándose una retirada hacia los grandes bosques que habÃa recorrido en su juventud, y cuyo murmullo e inmensidad, mezclados con el murmullo y la inmensidad del mar, habÃan hecho de él el niño soñador que hemos visto.
Pero la persona sobre quien recaÃa en realidad el peso de todos estos acontecimientos imprevistos era el pobre padre. El deseo de su vida, desde hacÃa catorce años, habÃa sido el de volver a ver a sus hijos, y este deseo acababa de realizarse. Los habÃa vuelto a ver a los dos, pero su presencia no habÃa hecho más que cambiar la atonÃa habitual de su vida por una inquietud sin fin: el uno, capitán negrero, en lucha constante contra los elementos y las leyes; el otro, conspirador ideólogo, en lucha contra los prejuicios y los hombres; los dos luchando contra lo más poderoso que hay en el mundo; los dos pudiendo ser, de un momento a otro, aniquilados por la tormenta. Y él, mientras tanto, encadenado por su hábito de obediencia pasiva, veÃa cómo los dos caminaban hacia el abismo sin tener fuerza para retenerlos, y sin más consuelo que estas palabras que repetÃa sin cesar:
