Georges
Georges A unas dos leguas de la casa de su padre, Georges alcanzó a Miko-Miko, que iba a Port-Louis. Frenó el caballo, indicó con una señal al chino que se acercara a él, le dijo al oído unas palabras, a las que Miko-Miko contestó con una señal de entendimiento, y prosiguió su camino.
Al llegar al pie de la montaña de la Découverte, Georges empezó a cruzarse con gente de la ciudad. Escrutó atentamente el rostro de los paseantes, pero no percibió, en los diferentes semblantes que el azar ponía en su camino, ningún síntoma que pudiera hacerle creer que el proyecto de revuelta que iba a ejecutar por la noche hubiera trascendido en absoluto. Continuó su camino, cruzó el campamento de los negros y entró en la ciudad.
Ésta estaba tranquila; todo el mundo parecía ocupado en sus asuntos personales, y ninguna preocupación general se cernía sobre la población. Los barcos se balanceaban, tranquilos y a salvo en el puerto. En la punta de los Burlones se veían los habituales curiosos. Un navío americano, procedente de Calcuta, estaba echando el ancla delante del Chien-de-Plomb.
