Georges
Georges Mientras los diferentes acontecimientos que acabamos de relatar sucedían en Port-Louis, en Moka, Pierre Munier esperaba con ansiedad el terrible resultado que le había dejado entrever su hijo: habituado, como ya hemos dicho, a la eterna supremacía de los blancos, había terminado por considerarla no sólo como un derecho adquirido, sino como algo natural. Por grande que fuese la confianza que le inspirase su hijo, no podía creer que los obstáculos, que él veía insalvables, se allanasen ante Georges.
Desde el momento en que su hijo se había despedido de él, como hemos visto, había caído en una profunda apatía; el exceso de emociones que se arremolinaban en su corazón y la diversidad de pensamientos que se agolpaban en su mente le habían sumido en una aparente insensibilidad que se asemejaba al idiotismo. Dos o tres veces se le ocurrió la idea de ir él mismo a Port-Louis y ver con sus propios ojos lo que iba a suceder; pero para ir al encuentro de una certeza se precisa una fuerza de voluntad de la que el pobre padre carecía; si sólo se hubiese tratado de ir al encuentro de un peligro, Pierre Munier habría corrido hacia él.
