Georges
Georges Nacía el día mientras el grupo fugitivo alcanzaba las fuentes del río Créoles, y los rayos del sol oriental alumbraban la cumbre granítica del pico del Milieu; con el alba despertaba toda la población de la selva. A cada paso, los tenrecs se removían bajo los pies de los negros y regresaban a sus madrigueras, los monos saltaban de rama en rama y alcanzaban los extremos más flexibles de los vacoas, de los filaos y de los tamarindos, y luego, colgándose de la cola y balanceándose, atravesaban una gran distancia para ir a agarrarse con una habilidad maravillosa a algún otro árbol que les diese un refugio más tupido. El gallo de los bosques se elevaba con gran alboroto, batiendo el aire con su vuelo pesado, mientras que los loros grises parecían mofarse de él con su voz burlona y el cardenal pasaba, cual llama voladora, rápido como un rayo y resplandeciente como un rubí. En fin, siguiendo su costumbre, la naturaleza, siempre joven, siempre despreocupada, siempre fecunda, parecía, por su serena tranquilidad y su sosegada alegría, una eterna ironía del ajetreo y los dolores del hombre.
