Georges
Georges Laíza no se había equivocado, y el perro, siguiendo el rastro de su dueño, había guiado a los ingleses derecho a la boca de la gruta; una vez allí, se había lanzado entre los matorrales y se había puesto a rascar y a morder las piedras. Los ingleses comprendieron que habían llegado al término de su recorrido. De inmediato mandaron avanzar a unos soldados armados de picos, que enseguida se pusieron manos a la obra. Al cabo de un instante habían practicado una abertura lo suficientemente ancha para que un hombre pudiera pasar por ella.
Un soldado se introdujo para mirar por el hueco abierto. Al instante se oyó un disparo, y el soldado cayó con el pecho atravesado por una bala; un segundo hombre sustituyó al primero, y cayó como él; un tercero se adelantó también y corrió la misma suerte.
Era evidente que los sublevados, dando ellos mismos la señal de ataque, estaban decididos a realizar una defensa desesperada. Los asaltantes empezaron a tomar sus precauciones: protegiéndose lo más que pudieron, ensancharon la brecha de modo que pudieran pasar varios hombres a la vez: los tambores redoblaron y los granaderos se presentaron con la bayoneta calada. Pero los sitiados tenían gran ventaja sobre ellos, y al instante la brecha quedó llena de muertos, y tuvieron que sacar a los cadáveres para poder realizar un nuevo asalto.
