Georges

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XXVII EL ENSAYO

Todo cuanto aconteció durante los dos o tres días que siguieron a la catástrofe que acabamos de relatar no dejó más que un vago recuerdo en la memoria de Georges; su mente, extraviada por el delirio, no guardaba más que vagas percepciones que no le permitían ni calcular el tiempo ni encadenar los acontecimientos entre sí. Pero una mañana se despertó como de un sueño agitado por horribles pesadillas y, al abrir los ojos, se dio cuenta de que se hallaba en la cárcel.

El cirujano mayor del regimiento destacado en Port-Louis estaba a su lado.

Mientras tanto, apelando a todos sus recuerdos, Georges había conseguido recuperar en grandes bloques los acontecimientos sucedidos, como quien vislumbra entre la niebla lagos, montañas y bosques; todo se hacía presente en su mente hasta el momento en que había sido herido. Tampoco su entrada en Moka y su marcha con su padre habían huido por completo de su memoria, pero a partir de la llegada a la selva, todo era vago, difuso, semejante a un sueño. Sin embargo, la realidad incontestable, positiva y fatal era que se hallaba en manos de sus enemigos.

Georges era demasiado orgulloso para hacer ninguna pregunta, demasiado altivo para pedir ningún favor. No pudo, pues, saber nada de lo ocurrido; entretanto, en el fondo de su corazón tenía dos terribles preocupaciones.


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