Georges
Georges En la puerta de la calle, como es natural, se agolpaban los curiosos. Los espectáculos son escasos en Port-Louis, y todo el mundo había querido ver, si no morir, al menos pasar al condenado.
El director de la prisión había preguntado a Georges de qué modo deseaba ser conducido al patíbulo, y él le había respondido que deseaba ir a pie. Su deseo le fue concedido: era una última gentileza del gobernador.
Ocho artilleros a caballo lo aguardaban a la puerta. En todas las calles por las que debía pasar estaban apostados los soldados ingleses a ambos lados de la calle para vigilar al prisionero y contener a los curiosos.
Cuando apareció se oyó un gran rumor; contrariamente a lo que Georges esperaba, no era el tono del odio lo que dominaba en el ruido que acogió su presencia; había de todo, pero sobre todo interés y piedad. Y es que siempre ejerce una poderosa fascinación el hombre apuesto y orgulloso que se enfrenta a la muerte.
Georges caminaba con paso firme, la cabeza alta y el rostro sereno; pero debemos decirlo, en aquel momento algo terrible estaba sucediendo en su corazón.
Pensaba en Sara.
En Sara que no había intentado verle, que no le había escrito ni una nota, que no le había mandado ni un recuerdo.
