Georges
Georges Hacia las cinco de la tarde del mismo día en que habían ocurrido los acontecimientos que acabamos de relatar, la corbeta Calypso, navegando de bolina, hacía ruta hacia el este-nordeste, ciñéndose al viento que, según es costumbre en esos parajes, soplaba del este.
Además de sus dignos marineros y del maestre Cabeza de Hierro, su primer teniente, al que nuestros lectores conocen, si no de vista, sí al menos de reputación, su tripulación se había incrementado con otros tres personajes. Éstos eran Pierre Munier, Georges y Sara.
Pierre Munier se paseaba con Jacques desde el palo de mesana al palo mayor y del palo mayor al palo de mesana.
Georges y Sara estaban a popa, sentados uno al lado del otro. Ella tenía su mano entre las de él; Georges miraba a Sara, ella miraba al cielo.
Convendría hallarse en la horrible situación de la que acababan de escapar los dos amantes para poder analizar los sentimientos de suprema felicidad y dicha infinita que experimentaban al verse libres en aquel inmenso océano que los llevaba lejos de su patria, es cierto, pero lejos de una patria que, como una madrastra, no se había ocupado de ellos más que para perseguirlos de vez en cuando. No obstante, un doloroso suspiro salía de la boca de uno de ellos para sobresaltar al otro. El corazón que ha sido torturado durante un largo tiempo no se atreve a sentirse confiado en su repentina felicidad.
