La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Mandaré que los quiten.
—Entonces ¿me quieres un poco?
—No sé cómo explicarlo, pero me parece que sÃ. Ahora vete; me caigo de sueño.
TodavÃa nos quedamos durante unos segundos el uno en brazos del otro, y me fui.
Las calles estaban desiertas, la gran ciudad dormÃa aún, una suave brisa corrÃa por aquellos barrios que el ruido de los hombres iba a invadir unas horas más tarde.
Me pareció que aquella ciudad dormida era mÃa; busqué en mi memoria los nombres de aquellos cuya felicidad habÃa envidiado hasta entonces, y no recordaba a nadie que no me pareciera menos feliz que yo.
Ser amado por una joven casta, ser el primero en revelarle ese extraño misterio del amor ciertamente es una gran felicidad, pero es la cosa más sencilla del mundo. Apoderarse de un corazón que no está acostumbrado a los ataques es entrar en una ciudad abierta y sin guarnición. La educación, el sentido del deber y la familia son muy buenos centinelas, pero no hay centinela tan vigilante que no pueda ser burlado por una muchachita de dieciséis años, cuando la naturaleza, por medio de la voz del hombre que ella ama, le da esos primeros consejos de amor, tanto más ardientes cuanto más puros parecen.