La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Comprendí, pues, que, como no había nada en el mundo que tuviera influencia sobre mí para hacerme olvidar a mi amante, tenía que encontrar un medio de sostener los gastos que me ocasionaba. Además aquel amor me tenía trastornado hasta tal punto, que los momentos que pasaba lejos de Marguerite me parecían años, y experimentaba la necesidad de quemar aquellos momentos en el fuego de una pasión cualquiera y de vivirlos tan rápidamente, que no me diera cuenta de que los vivía.
Empecé por tomar cinco o seis mil francos de mi pequeño capital, y me puse a jugar, pues desde que han cerrado las casas de juego se juega en todos los sitios. Antes, cuando uno entraba en Frascati, tenía la posibilidad de hacer una fortuna: jugaba contra dinero contante y sonante, y si perdía, siempre le quedaba el consuelo de pensar que podía haber ganado; mientras que ahora, excepto en los círculos donde aún reina una cierta severidad para el pago, en cuanto uno gana una suma importante casi puede tener la certeza de no recibirla. Se comprenderá fácilmente por qué.