La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Pues porque no puedo entender que el cariño que sientes por mà tenga que privarte ni siquiera de una joya, niña mÃa. Tampoco yo quiero que en un momento de malhumor o de aburrimiento puedas pensar que, si vivieras con otro hombre, esos momentos no existirÃan y que te arrepientas ni por un minuto de vivir conmigo. Dentro de unos dÃas tus caballos, tus diamantes y tus chafes de cachemira te serán devueltos. Te son tan necesarios como el aire a la vida, y quizá sea ridÃculo, pero te prefiero suntuosa antes que sencilla.
—Entonces es que ya no me quieres.
—¡Loca!
—Si me quisieras, me dejarÃas quererte a mi manera; por el contrario, tú continúas viendo en mà sólo una chica a quien ese lujo le resulta indispensable y que sigues creyéndote obligado a pagan Te da vergüenza aceptar pruebas de mi amor. Sin querer, piensas abandonarme un dÃa a intentas por todos los medios poner tu delicadeza al abrigo de toda sospecha. Times razón, amigo mÃo, pero yo esperaba algo mejor.
Y Marguerite hizo un movimiento para levantarse; la retuve diciéndole:
—Quiero que seas feliz y que no tengas nada que reprocharme, eso es todo.
—¡Y vamos a separarnos!
—¿Por qué, Marguerite? ¿Quién puede separarnos? —grité.