La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —¡Por fin! —gritó, echándome los brazos al cuello—. ¡Ya estás aquÃ! ¡Qué pálido estás!
Entonces le conté la escena con mi padre.
—¡Oh, Dios mÃo! Lo sospechaba —dijo—. Cuando Joseph vino a anunciarnos la llegada de tu padre, me sobresalté como ante la noticia de una desgracia. ¡Pobre amigo mÃo! Y soy yo la causante de todas estas penas. Quizá serÃa mejor que me dejaras y que no te enemistaras con tu padre. Sin embargo yo no he hecho nada, Vivimos muy tranquilos y vamos a vivir más tranquilos aún. El sabe de sobra que necesitas tener una amante, y deberÃa estar contento de que sea yo, puesto que te amo y no ambiciono nada que tu posición no te permita. ¿Le has dicho los planes que hemos hecho para el futuro?
—SÃ, y eso es lo que más le ha irritado, pues ha visto en esa determinación la prueba de nuestro amor mutuo.
—¿Entonces qué vamos a hacer?
—Seguir juntos, mi buena Marguerite, y dejar pasar esta tormenta.
—¿Pasará?
—Tendrá que pasar.
—¿Y si tu padre no se conforma con eso?
—¿Qué quieres que haga?