La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias He sonreído tristemente y le he tendido mi mano ardiente de fiebre.
Nunca he visto un rostro tan asombrado.
He vuelto a las cuatro y he cenado con bastante apetito.
Esta salida me ha sentado bien.
¡Si me curase!
¿Cómo es que el aspecto de la vida y de la felicidad de los demás hace que le entren deseos de vivir al que el día anterior, en la soledad de su alma y en la sombra de su habitación de enfermo, deseaba morir rápidamente?
10 de enero.
La esperanza de recobrar la salud no era más que un sueño. Aquí estoy, otra vez en la cama, con el cuerpo cubierto de emplastos que me queman. ¡Vete a ofrecer este cuerpo, que tan caro pagaban en otro tiempo, y ya verás lo que darían hoy!
Es preciso que hayamos hecho mucho mal antes de nacer o que vayamos a gozar de una felicidad muy grande después de la muerte, para que Dios permita que en esta vida se den todas las torturas de la expiación y todos los dolores de la prueba.