La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Esta mañana me ha despertado un gran ruido. Julie, que dormía en mi habitación, se ha precipitado al comedor. He oído voces de hombres contra las que la suya luchaba en vano. Ha vuelto llorando.

Venían a embargar. Le he dicho que les dejara hacer lo que ellos llaman justicia. El alguacil ha entrado en mi habitación sin quitarse el sombrero. Ha abierto los cajones, ha tomado nota de todo lo que ha visto, y no ha parecido darse cuenta de que había una moribunda en la cama que, afortunadamente, la caridad de la ley me deja.

Al marcharse ha consentido en decirme que podía interponer recurso antes de nueve días, ¡pero ha dejado un vigilante! Dios mío, ¿qué va a ser de mí? Esta escena me ha puesto más enferma aún. Prudence quería pedir dinero al amigo de su padre, pero me he opuesto.

He recibido su carta esta mañana. La necesitaba. ¿Le llegará a tiempo mi contestación? ¿Volverá a verme? Es éste un día feliz que me hace olvidar todos los que he pasado desde hace seis semanas. Me parece que estoy mejor, a pesar del sentimiento de tristeza bajo cuya impresión le he contestado.

Al fin y al cabo no vamos a ser siempre desgraciados.


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