La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Sin embargo —continuĂł Armand tras una pausa—, aun comprendiendo que todavĂa estaba enamorado, me sentĂa más fuerte que entonces, y en mi deseo de volver a encontrarme con ella habĂa tambiĂ©n una voluntad de hacerle ver la superioridad que sobre ella habĂa conseguido.
¡Con cuántos rodeos se anda el corazón y cuántas razones se da para llegar adonde quiere!
Asà que no pude quedarme mucho tiempo en los pasillos, y volvà a mi sitio del patio de butacas, lanzando una ojeada rápida a la sala, para ver en qué palco estaba ella.
Estaba en un palco proscenio de platea y completamente sola. HabĂa cambiado mucho, como ya le he dicho, y ya no se veĂa en su boca aquella su sonrisa indiferente. HabĂa sufrido, sufrĂa aĂşn.
Aunque ya estábamos en abril, todavĂa iba vestida como en invierno y toda cubierta de terciopelo.
La miraba tan obstinadamente, que mi mirada acabĂł por atraer la suya.