Historia de una cortesana

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XCIV

El crucero duró unos tres meses, y después se firmó la paz. Ya era tiempo: Nelson estaba realmente enfermo.

El 17 de octubre me escribía:

Mi muy querida amiga: aunque mi indisposición no ofrece ningún peligro, resiste a todos los medicamentos que me han sido prescritos, y debo confesar que me siento postrado. Parecía que el reuma me había abandonado, mas no es así: continúa estacionado en mis articulaciones. Quisiera yo que esos señores del Almirantazgo estuviesen atacados de esta dolencia; pero mi deseo es inútil, porque carecen de entrañas, a lo menos para mí. He pasado bastante mal la noche anterior; con todo, las cartas que de usted y sir Guillermo he recibido, han sido para mí un consolador bálsamo.

Tengo la firme resolución de que no me molesten a mi llegada a Londres; no pido otra cosa más que poder retirarme con ustedes a la campiña.

Aunque esta carta pertenecía a la categoría de las cartas oficiales, no dejó de alarmarme; observando aquellos caracteres, me pareció que la mano que los había trazado estaba agitada por la fiebre.


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