Historia de una cortesana
Historia de una cortesana ¿Qué hacer?
Aún era tiempo: correr a casa del señor Hawarden, huyendo de este hotel funesto; contárselo todo, no ocultarle nada, nada absolutamente, ni mis deseos de ser actriz; ponerme bajo su protección; decirle: ¡Heme aquí, sálveme usted, sálveme! Y llevar a cabo este plan con la mayor celeridad, antes que brille la luz del día siguiente, porque, de lo contrario, todo se habría perdido.
O bien, dejar a la nave seguir el curso de la corriente que, sin piloto y sin gobierno, la empuja entre ondas y remolinos, hacia el Océano, o sea, a lo desconocido, al maravilloso Catay[2] de Marco Polo, o quizás contra los témpanos de hielo del nevado Polo.
Pero ¡qué diferencia entre la vida de esa mujer, que tiene soberbios caballos, espléndidos carruajes, lacayos con librea, un suntuoso hotel, joyas a discreción, palco en todos los teatros y un amante a quien dice: «Entre usted, mi querido príncipe; estoy esperándole», qué diferencia, digo, entre esa mujer y esta humilde muchacha de mostrador, que se levanta a las ocho de la mañana y se recoge a las diez de la noche, después de haber manoseado sin interrupción una multitud de aderezos, que no se atreve a recitar versos de Shakespeare, temiendo que sus vecinos se quejen y que su señora le pregunte si sueña en voz alta!